
Los sabios que escribieron la Biblia crearon la leyenda de la torre de Babel para explicar la diversidad de lenguas. Pensaron, y muchos aún lo piensan, que la vida sería más sencilla y las relaciones humanas más fáciles si todos habláramos el mismo idioma. No fue un accidente histórico infortunado el que tuviéramos muchas lenguas. Fue el medio que usó la naturaleza para que evolucionáramos rápidamente. En el futuro, igual que en el pasado, estaremos mejor si hablamos muchas lenguas y si inventamos otras nuevas cuando tengamos diferenciaciones culturales. Cada vez que un pueblo deja de hablar una lengua se empobrece toda la humanidad, como toda vida se empobrece cuando matamos a la última vaca marina.
Las nuevas especies no nacen solas sino en racimo, como cuando el latín se dividió en las lenguas romances. Pero el rejuvenecimiento lingüístico también requiere la mezcla de las lenguas, como cuando el latín se mezcló con las tribus bárbaras. No es la «pureza» sino el mestizaje del lenguaje la razón de ser de cada pueblo, porque toda cultura es una intercultura. A propósito de esto me acuerdo de un profesor de lengua española que tuve en la universidad de México. El primer día de clase lo ocupó en despotricar contra la Real Academia Española. Nuestro regocijo se disipó cuando vimos que el profesor no estaba contra la Academia por su rigor al admitir nuevos vocablos, sino por ser demasiado laxa al aceptarlos. Según él no debía decirse hotel que era galicismo, sino hostal, ni jardín que era italianismo sino vergel. Si él hubiera estado cuando el primer hombre empezó a hablar lo habría corregido diciendo que eran barbarismos, y la humanidad hubiera quedado muda. Los amantes de la pureza del latín hubieran preferido que no apareciera la lengua española que ahora nos reúne aquí en Rosario, Argentina.
Cuando se pierde una lengua es una visión del mundo la que se pierde. Los indios campas de la selva amazónica tienen veintisiete palabras para nombrar el color verde. Los miskitos de nuestra costa caribe, que son muy buenos marineros, tienen veinticinco palabras para el viento. Los esquimales distinguen veinte y tantos colores de nieve. La principal identidad cultural es el lenguaje, pero ninguna identidad es inmutable. El escritor debe escribir como habla su pueblo, y aun usar la jerga aunque sea efímera. Dante tuvo que escribir en el restringido dialecto de su ciudad, porque debía escribir como hablaba, pero a causa de lo que escribió ese dialecto ahora se llama italiano.
Ernesto Cardenal: «Identidad y lengua» (texto adaptado), discurso pronunciado en el III Congreso de la Lengua (2004)